FINALES

Están los finales que sobrevienen justo tras los momentos más álgidos y amables, de una manera totalmente inesperada, al estilo de esos movimientos extraños del cuerpo que hacen que el vaso se te caiga al suelo y se reviente en añicos. Luego están esos otros finales que te exigen volverse explícitos cuando ya todo terminó hace un buen rato.

De ambos tipos de finales el primero es cruelmente desconcertante, porque te hace morder el polvo del crédito vencido en un momento en que aún no hay declarado síntoma alguno de descomposición ni de podredumbre, mucho menos atisbo de una nueva realidad. Hay que estar implicado hasta el tuétano con la propia verdad interna, ser extremadamente valiente, para tirar a la basura algo que está alimentándote, y que no solo percibes que está en buen estado, sino que además encuentras delicioso. Y sí, ahí es cuando constatas que de golpe mutó la manera a través de la cual te vas a estar nutriendo “de eso”. Solo queda asumir la transformación y seguir cursando la vida, con el corazón atravesado por nada, disponible a, tal vez, madurar un poco más.